Más allá de ser un guía

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El rol del adulto como «investigador» en el aprendizaje

A menudo pensamos en nuestro rol como padres o educadores como el de un «maestro» o «guía», alguien que tiene las respuestas y dirige el camino. Pero, ¿y si te dijera que existe un papel aún más fascinante y enriquecedor? En ludoriakids invitamos a cambiar nuestra perspectiva y a vernos como investigadores junto a nuestros hijos.

Ser un adulto investigador significa adoptar una mentalidad de curiosidad genuina. En lugar de solo enseñar, te sumerges en el proceso de aprendizaje del niño, observando, documentando y formulando hipótesis junto a él. No se trata de tener todas las respuestas, sino de maravillarse con las preguntas y acompañar en la búsqueda.


¿Por qué ser un «investigador» en el aprendizaje?

Este enfoque transforma la dinámica de poder. El adulto ya no está en la cima, sino que camina al lado del niño. Esto no solo fortalece el vínculo, sino que también:

  • Fomenta la autonomía: Al ver que sus ideas son valoradas y exploradas, los niños se sienten más seguros para tomar la iniciativa.
  • Revela el pensamiento del niño: La documentación y observación te permiten ver la lógica detrás de sus juegos, sus errores y sus descubrimientos, dándote una ventana a su increíble mente.
  • Enriquece las experiencias: Al entender mejor los intereses del niño, puedes ofrecerle materiales y oportunidades que realmente lo desafíen y lo inspiren.


¿Cómo se ve un adulto investigador en la práctica?

No necesitas un laboratorio para empezar. La investigación ocurre en el salón de estar, en el parque o en la cocina. Aquí te mostramos cómo puedes integrar este rol en tu día a día:

1. Observa sin intervenir

A menudo, nuestra primera reacción es ofrecer ayuda o corregir. Un investigador, en cambio, se detiene. Se sienta en silencio y solo observa. ¿Cómo está tu hijo construyendo una torre con bloques? ¿Qué estrategias usa cuando no le funciona? Este es el momento de absorber sin juzgar

2. Documenta para ver y entender

La documentación es el corazón de la investigación. No tiene que ser formal, puede ser tan simple como tomar una nota rápida en tu teléfono o una foto. Su propósito es capturar momentos, preguntas y descubrimientos.

  • Toma fotos y videos: No solo del resultado final, sino del proceso. Un video corto de tu hijo intentando atar un zapato o una foto de su rostro concentrado mientras dibuja son tesoros de información.
  • Lleva un diario de proyectos: Usa una libreta para escribir lo que observas. ¿Qué dijo tu hijo sobre la forma de las nubes? ¿Qué le intrigó de un caracol en el jardín? Anota sus preguntas exactas; son la clave de sus intereses.
  • Crea un «muro de descubrimiento»: Usa un corcho o una esquina de la pared para exhibir dibujos, recortes o fotos de sus proyectos. Esto no solo celebra su trabajo, sino que te permite ver las conexiones entre sus ideas a lo largo del tiempo.

3. Haz preguntas que abran el camino

Un investigador no hace preguntas con una respuesta correcta, sino preguntas que invitan a la reflexión. En lugar de preguntar «¿De qué color es la manzana?», prueba con «¿Qué pasaría si la pintamos de otro color?». En vez de «¿Ya terminaste?», pregunta «¿Qué fue lo que más te gustó de hacer este dibujo?». Estas preguntas validan su proceso y los animan a seguir explorando.


Conclusión

Cambiar el chip de «maestro» a «investigador» es un viaje que nos enseña a ser más pacientes, a escuchar con más atención y a maravillarnos con la capacidad innata de nuestros hijos para aprender. Te invito a empezar hoy mismo: elige un momento para observar en silencio.

¿Qué te gustaría descubrir sobre la mente de tu hijo? Cuéntanos en los comentarios.

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