
Se acercan los últimos días del año escolar y en el aula se siente una atmósfera diferente. Aunque las rutinas y los juegos continúan, todos —especialmente los niños— perciben que algo está a punto de cambiar. En la primera infancia, estos cambios se sienten con el cuerpo.
Cuando una maestra se despide, no solo se va una figura que enseña; se va una voz que acompañaba, unas manos que sostenían, una mirada que decía: «yo te veo». Para muchos niños, la maestra es su referencia, su refugio, su brújula emocional. Y aunque no siempre puedan expresarlo con palabras, lo sienten con gran profundidad.
¿Cómo viven los niños este cambio?
Algunos niños se aferran un poco más, mientras otros se muestran inquietos, sensibles o con pequeños cambios en su conducta. Podrían necesitar ayuda para algo que ya sabían hacer, enojarse por detalles insignificantes o permanecer más callados de lo habitual.
Todo esto es completamente normal. No es un retroceso, sino un proceso de adaptación. Es su manera de comunicar: «no entiendo del todo qué está pasando, pero necesito que estés cerca».

¿Qué podemos hacer desde casa?
- Hablar del cambio con naturalidad: «La maestra se va, y una nueva maestra vendrá a conocerte y a cuidarte».
- Validar sus sentimientos: «Es normal que sientas un poquito de tristeza, yo también la voy a extrañar».
- Contar historias bonitas de lo vivido: «¿Te acuerdas cuando te enseñó esa canción que tanto te gusta?».
- Transmitir confianza: Los niños perciben más lo que sentimos que lo que decimos.
Y desde el rol de maestra…
Cerrar un ciclo nunca es sencillo; una parte de nosotras se queda con ellos. Sin embargo, también es un momento precioso para sembrar algo que va más allá del contenido académico: la seguridad de que fueron amados, escuchados y acompañados.
Despedirse no tiene por qué ser ruidoso. Puede ser un acto suave, simbólico y amoroso: un cuento especial, una carta, un abrazo largo, o un «siempre te voy a recordar».

Y si eres tú quien recibe al grupo en el próximo ciclo…
No intentes llenar un vacío. Simplemente, llega con tiempo, escucha y permite que el nuevo vínculo se construya a su propio ritmo. Los niños saben cuándo un corazón es genuino y, tarde o temprano, se abren.
Lo que queda
Al final, lo que se va es la rutina, pero lo que permanece es el recuerdo. Un niño quizá no recuerde tu nombre dentro de algunos años, pero sí recordará cómo lo hiciste sentir cada mañana. Ese es el verdadero legado de una maestra: no solo lo que enseñó, sino lo que tocó con el alma.
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